SOBRE LA VIGENCIA DEL TEXTO DE GEORGE ORWELL, ¿QUÉ ES LA CIENCIA?, ESCRITO EN 1945


Hablar sobre ciencia está en aire. El conocimiento de los avances científicos está cada vez más al alcance de la cultura popular, y tras severas críticas en los últimos años a la excluyente complejidad del lenguaje de muchos artículos científicos, se ha tendido a la divulgación del conocimiento a través de canales populares y con lenguajes más accesibles, coloquiales e incluso divertidos, con el noble objetivo de procurar audiencias más cultas. Aunque hablar de ciencia podría no ser tan habitual en la vida cotidiana, restringiéndose a escasos círculos, sí que está en el aire de quienes nos movemos en los entornos académicos. Si bien he llegado al artículo de George Orwell escrito en 1945 con fines académicos he visto una impresionante vigencia del texto no solo para transmitirlo en las aulas, sino a otros públicos que, en medio de una coyuntura actual de reformas curriculares y nuevas leyes de educación (que exigen cada vez conocimientos más especializados), no comprenden qué significa hacer ciencia.

Las connotaciones del significado de la ciencia es una discusión que va mucho más atrás de la mitad del siglo XX, debiendo remontarnos siglos atrás desde la consolidación del método científico, con álgidos debates en las sociedades científicas occidentales teocéntricas, cuando se volcaron hacia conceptos más antropocéntricos y menos dogmáticos. Pese al largo recorrido que tendrá este debate, aún existe una cantidad considerable de personas (en entornos académicos y no académicos) cuya definición de ciencia se ciñe a su asociación con las ciencias exactas, más no a su correcta definición relacionada a cualquier disciplina, siempre que esta sea tratada con rigor metodológico y razonamiento lógico.

Me he visto en debates sin rumbo donde colegas han planteado que no se puede hacer ciencia a través del estudio del espacio (arquitectónico o urbano) dada su naturaleza social y su carácter dual que oscila entre el arte y la técnica. Pero no quiero caer en el ensimismamiento de mi disciplina, porque el texto ¿Qué es la ciencia? es vigente de manera general: no solo aclara la noción de lo que implica hacer ciencia, sino que, al tan característico estilo de Orwell, evalúa el estado de la sociedad y resalta, por el bien de la humanidad, la necesidad de una “cultura general fundamentada” que aborde la filosofía, la historia, la literatura, el arte, etcétera, disciplinas que popularmente no se asocian con la ciencia. Orwell ejemplifica esto a través de dos caras de la moneda en el tiempo del holocausto: científicos que se tragaron el cuento de la ciencia racial y/o se prestaron a hacer ciencia militar, versus aquellos científicos que se negaron a trabajar en la bomba atómica y quienes, el autor supone, tendrán conocimientos sobre ciencias humanas.

Estamos en tiempos de transformación en los entornos de aprendizaje, pero también estamos en tiempos de atentados terroristas, guerras fundamentalistas, miseria, migración, gobiernos infames, ciudades inequitativas. Muchos dicen que es fundamental producir más ciencia. Estoy de acuerdo, pero opino que debemos ir en orden: hay que comprender primero ¿qué es la ciencia? Tras esta modesta reflexión, invito a leer el texto de George Orwell, aleccionador y vigente sí, pero en especial, inspirador.

¿QUÉ ES LA CIENCIA? George Orwell Tribune, 26 de octubre de 1945

En el Tribune de la semana pasada había una interesante carta de J. Stewart Cook, quien sugería que la mejor forma de evitar el peligro de una “jerarquía científica” sería procurar que todos los miembros de la sociedad contaran, hasta donde fuera posible, con una formación científica. Al mismo tiempo, debería sacarse a los científicos de su aislamiento y animarlos a implicarse en mayor medida en la política y en la administración.

Tomado como un planteamiento general, creo que casi todos estaríamos de acuerdo con él, pero advierto que, como de costumbre, el Sr. Cook no define “ciencia”, y se limita a insinuar, de pasada, que significa determinadas ciencias exactas cuyos experimentos pueden realizarse en el contexto de un laboratorio. La educación recibida en la edad adulta tiende, así, “a descuidar los estudios científicos en favor de materias literarias, económicas y sociales”; de lo cual se colige, según parece, que la economía y la sociología no son ramas de la ciencia. Este punto es de gran importancia, pues la palabra “ciencia” se usa hoy en día en al menos dos sentidos, y la tendencia actual a andar saltando de uno al otro hace que toda la cuestión de la educación científica quede enturbiada.

“Ciencia” suele considerarse que significa, o bien a) las ciencias exactas, por ejemplo la química, la física, etcétera, o bien b) un método intelectual que llega a resultados verificables razonando en modo lógico a partir de hechos observados.

Si le preguntamos a cualquier científico o, de hecho, a casi cualquier persona instruida “¿qué es la ciencia?”, lo normal es que obtengamos una respuesta próxima a b). En el día a día, sin embargo, tanto en la lengua hablada como en la escrita, cuando la gente dice “ciencia” está queriendo decir a). “Ciencia” significa algo que sucede en un laboratorio; ya la sola palabra trae a la imaginación gráficos, tubos de ensayo, balanzas, mecheros Bunsen y microscopios. A un biólogo, a un astrónomo, quizá a un psicólogo o a un matemático se los describe como “hombres de ciencia”; a nadie se ocurriría aplicar este término a un estadista, a un poeta, a un periodista o incluso a un filósofo. Y quienes nos dicen que se debe educar a los jóvenes científicamente se refieren, casi invariablemente, a que habría que enseñarles más sobre la radiactividad, las estrellas o la fisiología de sus cuerpos, no a que habría que enseñarles a pensar con más rigor.

Esta confusión semántica, que en parte es deliberada, entraña un grave peligro. Implícita en la exigencia de una mayor educación científica va la tesis de que alguien a quien se haya formado científicamente abordará cualquier tema de un modo más inteligente que alguien que no hubiera tenido dicha formación. Se da por hecho que las opiniones políticas de un científico, sus opiniones sobre asuntos sociológicos, sobre moral, sobre filosofía, quizá incluso sobre disciplinas artísticas, tendrán más valor que las de un lego. En otras palabras: el mundo sería un lugar mejor si lo controlasen los científicos. Pero un “científico”, como acabamos de ver, significa en la práctica un especialista en alguna de las ciencias exactas. De lo cual se infiere que si es químico o físico, uno será más inteligente en temas políticos que si es poeta o jurista. Y, de hecho, son ya millones los que piensan así.

Pero ¿realmente es cierto que es más esperable en un hombre de “ciencia” –en este sentido más estrecho– que en otras personas un enfoque objetivo de los problemas no científicos? Es una opinión sin demasiado fundamento. Examinemos un caso sencillo: la capacidad de resistirse a los cantos de sirena del nacionalismo. Suele decirse en abstracto que “la ciencia es internacional”, pero, en la práctica, los científicos de todos los países se alinean con sus respectivos gobiernos con menos escrúpulos que los experimentados por escritores y artistas. La comunidad científica alemana en su conjunto no opuso resistencia a Hitler. Puede que Hitler arruinase las perspectivas a largo plazo de la ciencia alemana, pero seguía habiendo los suficientes hombres dotados que llevasen a cabo las investigaciones necesarias en campos como el de los combustibles sintéticos, los aviones de reacción, los cohetes y la bomba atómica. Sin ellos, la maquinaria de guerra alemana jamás podría haber sido puesta en marcha.

¿Qué ocurrió, en cambio, con la literatura alemana al llegar los nazis al poder? Creo que no se han publicado listas exhaustivas, pero supongo que el número de científicos alemanes –judíos aparte- que se exiliaron voluntariamente o que fueron perseguidos por el régimen fue mucho menor que el de escritores y periodistas. Más siniestro todavía es que entre los científicos alemanes hubiese quienes se tragaron esa monstruosidad de la “ciencia racial”. Algunas de las afirmaciones que suscribieron pueden encontrarse en Espíritu y estructura del fascismo alemán, del profesor Brady.

Aun así, bajo formas ligeramente distintas, el panorama es el mismo en todas partes. En Inglaterra, buena parte de nuestros científicos de primera línea aceptan la estructura de la sociedad capitalista, como puede verse por la relativa libertad con que se les otorgan las dignidades de sir, de barón y hasta de noble. Desde Tennyson, no ha habido escritor inglés que merezca la pena leer –con la excepción, quizá, de sir Max Beerbohm- al que no se le haya concedido algún título. Y los científicos ingleses que no se limitan a aceptar el statu quo a menudo son comunistas, lo que quiere decir que, por muchos escrúpulos intelectuales que tengan en la que sea su especialidad profesional, no les importa abandonar su espíritu crítico e incluso mentir en determinados temas. El hecho es que la mera instrucción en una o varias ciencias exactas, aun si va acompañada de grandísimas dotes, no es garantía de una actitud humana o crítica. Buena prueba de ello son los físicos de media docena de grandes países, todos trabajando febrilmente –y en secreto– en la bomba atómica.

Es evidente que “educación científica” tendría que significar la implantación de hábitos mentales racionales, críticos, experimentales. Tendría que significar adquirir un método –un método que pueda usarse en cualquier problema al que uno se enfrente–, y no simplemente acumular un montón de datos. Así expresado, el apologista de la educación científica seguramente esté de acuerdo. Pero si insistimos, si le pedimos que especifique, al final siempre acabaremos llegando a que “educación científica” significa más atención a las ciencias exactas; en otras palabras, más datos. La idea de que “ciencia” significa una forma de mirar el mundo y no simplemente un cuerpo doctrinal, en la práctica encuentra una fuerte resistencia. Yo creo que, en parte, esto se debe a un puro corporativismo envidioso. Pues si la ciencia es simplemente un método o una actitud, de modo que cualquiera cuyos procesos mentales sean lo bastante racionales pueda considerarse en cierto sentido que es un científico, ¿qué pasa entonces, con el prestigio enorme de que actualmente gozan el químico, el físico, etcétera, y con su pretensión de que, de alguna forma, son más sabios que el resto de nosotros?

Hace cien años, Charles Kingsley describió la ciencia como “crear olores asquerosos en un laboratorio”. Hace uno o dos años, un joven químico industrial me hizo saber, con aire de suficiencia, que “no alcanzaba a entender para qué sirve la poesía”. Así pues, el péndulo oscila de un extremo a otro, pero a mí no me parece que ninguna de ambas actitudes sea preferible a la otra. En este momento la ciencia va al alza, así que oímos reivindicar, con razón, que se dé a las masas instrucción científica; frente a ello no oímos, como tendría que ser, reivindicar que también a los científicos les iría bien un poco de instrucción. Justo antes de escribir esto, he leído en una revista estadounidense que algunos físicos británicos y norteamericanos se negaron desde el principio a investigar sobre la bomba atómica, en vista de lo evidente del uso que se le daría. He aquí un grupo de hombres cuerdos en medio de un mundo de lunáticos. Y, aunque no se publicaron nombres, creo que no me equivocaría al suponer que todos debían de ser personas con algún tipo de formación cultural general, con algún conocimiento de la historia, la literatura o las artes; gente, en resumen, cuyos intereses no eran, en el sentido actual de la palabra, puramente científicos.

Bibliografía

ORWELL, G. (2013). ¿Qué es la ciencia? En G. ORWELL, Ensayos (págs. 633-636). Barcelona: Random House Mondadori. Publicado origalmente en la revista Tribune, 26 de octubre de 1945, Londres.

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